Esta es una entrada a pedido, algo así como una tarea. Mi psicóloga me pidió que hiciera una autobiografía. Sí, estoy en terapia, pero ya no más con esa psicóloga. La llamaremos mi expsicóloga. Tengo muchas ex, pero no me casé con ninguna. Ya hablaremos de ellas. Esta era la segunda terapia cognitivo conductual que hacía. La primera que hice me trajo a la vida nuevamente hace tres años atrás, pero ya habrá tiempo —o varias entradas de blog— para remontarme a estos tiempos.
Tengo un diario: el diario de pánico; lo llevé bajo el brazo por años y registré vivencias, síntomas, pensamientos, emociones, niveles de ansiedad y crisis, muchas crisis. Estuvo guardado otros tantos años y hoy, hoy me veo en la necesidad de tomarlo nuevamente y contarle que estoy previniendo posibles recaídas. Como me desacostumbré a escribir con papel y lapicera, hago la tarea en la computadora y por internet. Este punto que remarco es importante para la autobiografía y para mi terapia. La computadora e internet fueron y son protagonistas en la historia de mi vida. Ya explicaré y relacionaré eso con mi condición actual. Sin más preámbulo, empecemos... aunque, pensándolo bien, lo que viene es mi preámbulo.
A los nueve años, le regalaba a mi tía este humilde dibujo con esta tan ocurrente frase:
"Piensa en cosas buenas", rezaba. Qué paradoja, pienso ahora, que lo que más me cuesta es pensar en cosas buenas. En aquella época, yo era una nena feliz, viviendo una infancia feliz. No tenía problemas, como es deseable a edades cortas. Me iba bien en la escuela e incluso un poco más que bien, porque realmente me esforzaba para sobresalir. Una casa, una mascota, dos padres unidos y un hermano tres años menor. Esa era yo. De problemas no se hablaba. Si los había, ya sea dentro de mi entorno o fuera, yo era apartada y resguardada; en otras palabras, supongo que me construyeron mi propio castillo de cristal para protegerme.
Un día, muchos años después, cuando las cosas que había dentro de ese castillo se volvieron obsoletas, tuve que salir para buscar nuevas. Prepararme para enfrentar el mundo y tomar mis propias decisiones me resultó complejo, puesto que siempre tuve a alguien atrás para sostenerme en caso de una posible caída. A mis 17 años, ya me tocaba pensar por mí misma y elegir el curso de mi vida. No pude hacerlo. Y ahí empieza realmente mi historia.
Corría el año 2008 y todas las personas gritaban: ¡Fin de curso! ¡Viaje de egresados! ¡Universidad! Yo, simplemente, no estaba en esos titulares. En aquella época, yo cursaba el octavo año de inglés, una actividad extracurricular que casi siempre formó parte de mi vida. Iba los lunes y miércoles a un instituto. Los demás días, martes y jueves, tomaba clases de piano. Piano era reciente; la había elegido como actividad escape a finales del 2007. Mi intención con eso era trasladar mis horas de encierro al ritmo de bandas inglesas y americanas a otro nivel. Sí, el encierro, otro punto clave. Como venía diciendo, inglés y piano, dos actividades que me transportaban a donde yo quería estar. Si bien había elegido piano para pasar mi último año de secundaria, mi verdadera vía de escape era la música que sonaba en la soledad de un cuarto de la planta alta de mi casa. La música y el mundo paralelo en el que estaba sumergida tardes de días de semana y sábados y domingos completos: aquellos eran mi salvación. Mi mundo en ese tiempo consistía en idolatrar gente que estaba del otro lado del mundo y que sostenía una guitarra, o soñar tener los amigos que había encontrado por chat. Amigos del chat, aquellos que conservo desde mis 16. Amigos intangibles, hasta ese momento. Amigos que no podía encontrar en mi realidad. Amigos que compartieran mis gustos, amigos que estuvieran pasando por lo que yo, amigos...
Sola pero segura de mí misma, pasé de vivir para la escuela a no darle tanta importancia. Claro está que no tenía amigos, o por lo menos, el grupo de pertenencia al que me habían integrado cuatro chicas no era el que yo quería mantener en el tiempo. Me había acostumbrado, de alguna forma, a tener gustos e intereses y a no compartirlos con nadie, simplemente porque nadie era como yo. Mi grupo de pares real siempre estuvo detrás de una pantalla, a un click de distancia.
A propósito de ese año 2008 y retomando, cada día tenía un poquito menos de ganas de ir. Yo era una agenda llena. El tiempo no era suficiente para cumplir con los trabajos prácticos, para estudiar para rendir un examen internacional de inglés o para repasar una partitura. En el último tiempo, solo esperaba el viernes, porque no tenía nada para hacer a la tarde y dormía, a veces tanto, que me despertaba el sábado. Al sueño lo había tomado como terapia: dormir era olvidarse del mundo y yo quería desaparecer por un rato. En octubre de ese año, todo se me hizo insoportable y ya en noviembre, insostenible. Comencé a sentirme mal físicamente, a presentar náuseas antes de salir y a necesitar ayuda, mucha ayuda. No entendía. ¿Qué me estaba pasando? Con mucho esfuerzo entraba al salón de clases y lo único que quería era salir de ahí. Ya hacía calor para esa época y el ventilador me proporcionaba algo del aire que me faltaba. Yo estaba en un estado de constante alerta, porque no me podía relajar, tampoco podía prestar atención. Yo solo miraba el reloj... y la puerta. Esos síntomas se fueron intensificando y con ellos mis capacidades se fueron reduciendo. Lo cotidiano pasó a ser para mí un suplicio: levantarme, prepararme y asistir a clases. Los últimos dos meses, me retiraban anticipadamente o ya directamente no iba todos los días de la semana. En el instituto de inglés presentaba los mismos síntomas. Yo solo notaba que no estaba siendo yo, que algo había cambiado y no sabía qué era. Me sentía totalmente dependiente de mi mamá. Ella era la que acudía ante los llamados de la secretaria de la escuela cada vez y era ella quien estaba ahí para mí, todo el tiempo. Como he mostrado hasta aquí, había dejado de hacer mis actividades de forma paulatina o repentina, depende de cómo se quiera ver. No obstante, el 21 de noviembre de 2008 fue el día del fin... o del principio. Ese día no quise entrar al salón de clases, así que los profesores accedieron a darme clases a mí sola —aunque ellos yendo y viniendo— en secretaría. Ahí estaba sola, más tranquila y podía cumplir, o eso era lo que parecía. Era época de exámenes. Si bien los directivos entendían y me brindaban apoyo, hubo una profesora que me pidió encarecida y cariñosamente que fuera a rendir el examen al salón. Yo accedí, después de todo, siempre obedecí a las autoridades. No me sentó con los demás, me ubicó al lado de ella, bien cerca del escritorio. Recuerdo que iba por la mitad del escrito y ya no lo pude seguir. Miré a mi alrededor y todo me daba vueltas. Quería salir de ahí y yo sabía que ese iba a ser mi último día en la escuela. Y también sabía que iba a ser la última vez que vería a todos mis compañeros. Y así fue: desde ese día, nunca más pisé ese establecimiento, tampoco el instituto de inglés y mucho menos el de piano y nunca nadie volvió a saber de mí. Crucé esa puerta y conmigo cruzaron mis síntomas, mi angustia y todo el peso que eso implicaba. Yo no estaba para pensar qué estudiar el año siguiente, tampoco para poner mi cabeza en un viaje de egresados: a mí la vida me había golpeado por primera vez y yo tenía que levantarme del suelo, porque ahí había ido a parar.
Ese día de noviembre, mi mamá no se había ido a la casa, se había quedado "por las dudas" en la escuela. No sé si fue intuición de madre o qué, pero que estuviera ahí agilizó los tiempos, porque no tuve que esperar a que me viniera a retirar; tampoco tuve que dar muchas explicaciones. La gente, simplemente, asumió que yo estaba sobreexigida de actividades y que había explotado.
Toda esa tarde estuve tomando agua, que era lo único que podía ingerir, y vomitándola, porque mi cuerpo simplemente rechazaba todo. Era claro que no me podía mover de ahí para ir a un médico, puesto que estaba muy débil y, para ser completamente honesta, yo ya no quería ver a nadie.
Siempre me cuidé mucho del afuera pero, a partir de ese día, más. No era solamente el no ser integrada a un grupo con facilidad, no era solamente no tener amigos con los que contar, era ser cuestionada por ser de tal o cual forma, por sobresalir por ser diferente. Diferente en cuanto a gustos, quizás en cuanto a formas de pensar porque, convengamos, siempre fui más adulta que lo que mi edad marcaba y eso era notorio cuando estaba con gente de mi edad. En otras palabras, me cuidaba del afuera porque nunca faltaba la persona que me quería hacer mal.
Mi mamá llamó a mi pediatra de toda la vida, que me seguía atendiendo, pero ese día no pudo ir mi casa. Yo me estaba deshidratando y debilitando cada vez más, y a todo esto se le había sumado una contractura de cuello. No podía estar sentada, ni acostada, yo solo caminaba por todo el living a la espera del alivio. Aquel cuadro que yo presentaba era totalmente desconocido para mí. No era un cuadro aislado, yo ya venía mal, pero me refiero a la mezcla de síntomas. Los síntomas físicos no eran los únicos que me atormentaban, sin embargo; ese día existieron pensamientos, pensamientos catastróficos: "¿Y si me vuelvo loca?" "¿Y si no paso de hoy?" Yo realmente luchaba por sobrevivir.
La supervivencia es otro punto importante que voy a tocar a lo largo de mis escritos. El instinto está en nosotros como seres humanos, pero es increíble las veces que batallamos por un peligro inexistente. Cuando no aguanté más, le pedí a mi mamá que llamara a una ambulancia. Yo realmente pensaba que ese día o me dopaban o terminaba internada. La ambulancia tardó horas en llegar y, cuando finalmente lo hizo, no le dieron demasiada importancia a mi estado. Los médicos se limitaron a decir que no me podían medicar porque era menor. Ahora sé que se referían a psicofármacos. ¿Acaso pensaban que estaba teniendo una crisis de pánico? Y si así lo hicieron, ¿por qué no lo dijeron? Me hubiesen ayudado mucho. No hicieron nada y como entraron, salieron. Mi estado no podía empeorar más y lo último que recuerdo de ese día fue haber tomado una pastilla —que aún hoy no sé cuál fue— que había traído mi tía en el intento de calmar mi sufrimiento. Solo sé que me acostaron en la cama de mi mamá y ahí quedé, inmóvil. No recuerdo cuándo logré cerrar los ojos, pero algo es seguro: cuando lo hice, no tenía la certeza de que al otro día fuera a despertar.
Hasta acá la primera parte. Si quieren saber más, marquen este blog como favorito, para enterarse cuándo subo la otra parte del relato.
Muchas gracias por leer. Este es solo el comienzo. Iré dando a conocer muchas otras cosas y a compartir lo que aprendí y siempre espero que ustedes hagan lo mismo para poder llevar de mejor forma el pánico.

No hay comentarios:
Publicar un comentario